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El gaitero solitario del Castillo de Edimburgo

El Castillo de Edimburgo es fuente de todo tipo de leyendas. Una de las más conocidas tiene como protagonista al gaitero solitario (The Lone Piper) y nació hace varios siglos cuando se descubrió que los antiguos defensores del castillo habían excavado varios túneles que lo conectaban secretamente con otras partes de la ciudad. Para saber hacia dónde conducían los túneles, enviaron a un joven gaitero para que, por intermedio del sonido de su gaita, pudiera conocerse la localización desde la superficie. Sin embargo, la música ceso de un instante para otro y dio paso al silencio. Nunca más hubo noticias del joven gaitero, y desde entonces hay quien asegura haber escuchado el sonido de la gaita desde las profundidades del castillo en señal de lamento.

Annie, la niña de Mary King’s Close

Mary Kings Close es una de las partes subterráneas actualmente más populares de la ciudad, lo que se debe en gran medida es que se trata de donde más gente sufrió por la plaga. Cuando pasado un tiempo se abrieron las puertas que daban al subsuelo para limpiar la zona de cadáveres, es donde se contabilizaron más muertos. Desde entonces, según las leyendas, se oye la voz de una niña quien murió enferma en 1645, cuyo nombre es Annie. La historia la dio a conocer una medium japonesa que insistió en que la voz que se escuchaba era de ella porque buscaba su muñeca. Este espacio hoy en día se encuentra abierto al público para poder conocer sus túneles. En la habitación que alguna vez fuera de Annie, se van acumulando muñecas, dejadas por los visitantes.

Deacon Brodie

Deacon Brodie era un hombre de negocios que durante el día trabajaba en la Edimburgo de finales del siglo XVIII como ebanista y cerrajero para las familias de la alta sociedad de la ciudad. Pero por las noches, utilizada su habilidad como cerrajero para abrir las puertas de sus clientes y robarles sus pertenencias. Brodie fue detenido y condenado a morir en la horca, lo que sucedió en el año 1788 en una horca que él mismo había diseñado el año anterior. Para muchos allí termina su historia, pero para otros en cambio, Brodie sobornó a su verdugo y pudo esquivar a la muerta, siendo visto posteriormente en París.

El fantasma de MacKenzie

El cementerio de Greyfriars es un lugar muy fecundo para las leyendas de Edimburgo. Unas son conmovedoras, como la del perro Bobby, pero otras más que aterradoras, como la del fantasma Mackenzie. William Mackenzie fue un abogado responsable de las sentencias a muerte de muchos miembros de un movimiento religioso, los covenants, en el siglo XVII. Cuando Mackenzie murió en 1691 fue enterrado en el cementerio de Greyfriars, cerca de donde se encontraba la cárcel de los covenants. Mucho tiempo después, alrededor de 1998, una noche fría y lluviosa, un vagabundo se refugió en el cementerio y sin darse cuenta abrió el mausoleo de Macenzie. Después de esa noche empezaron a ocurrir curiosos sucesos entre los visitantes que acudían al cementerio, como cortes inexplicables, mordidas o quemaduras. Por este tipo de fenómenos el ayuntamiento decidió cerrar esta parte del cementerio, por precaución.

Bobby, el perro que nunca pudo superar la muerte de su dueño

Bobby es la mascota de la ciudad, se trata de un perro de la raza Sky Terrier que se encuentra inmortalizado frente a la cafetería donde J.K Rowling escribió parte de su saga de Harry Potter. La escultura de Bobby no pasa para nada desapercibida para ningún viajero, pero para conocer su historia hay que ingresar al cementerio de Greyfriaris. En el encontraremos dos tumbas que llevan su nombre. La que se encuentra justo en la entrada es la que le rinde homenaje a Bobby, y se encuentra rodea de peluches y juguetes. La otra se encuentra junto a la de su dueño, y es donde realmente se encuentra enterrado. Cuenta la leyenda que cuando murió el amo de Bobby la tristeza del cachorro era tan grande que se fue a vivir al cementerio. Junto a la lápida de su amo estuvo día y noche, hasta que él también murió. Cierta o no, esta es una bonita historia de fidelidad que no deja de emocionar.